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La Juramentacion de Fernando Olivera otro Escandalo del Poder en el Peru
 
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El domingo ultimo 9 de Octubre Cuarto Poder propalo un Video de lo que paso en la Juramentacion de Fernando Olivera como Canciller de la Republica, con el revelador audio que hiciera publico Cesar Hildebrant , dando a conocer a la opinion publica que fue Juramentado sin haberse firmado la Resolucion, Ver Video 1, donde se da a conocer una conversacion de Genaro Delgado con Olivera, sobre negocios oscuros en los que participa tambien nuestro Presidente Alejandro Toledo. Ver Video 2

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Olivera pretendió involucrar al PAP en narcotráfico

Nota enviada a APRA GLOBAL  http://groups.yahoo.com/group/APRAGlobal/

 

Fecha: Wed, 19 Oct 2005 10:32:07 -0500 (CDT)
De: Send an Instant Message "Dr. Ricardo Martin Mora" <rmmabogado@yahoo.com>  Añadir a la Libreta de contactosAñadir a la Libreta de contactos
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Asunto: Olivera pretendió involucrar al PAP en narco tráfico

 

Luis Fernando Olivera Vega (47) es sin duda un personaje que arrastra una descollante historia que empezó como un funcionario público sin escrúpulos. Sin ser abogado y fiscal intervino en cuanta diligencia de narcotráfico se interesó y hasta se llevó documentos que impidieron a los verdaderos fiscales aportarlas como pruebas ante el Poder Judicial. Esto ocurrió por ejemplo en el “Caso Langberg”, donde quiso coronarse como moralizador vinculando a la dirigencia histórica del APRA. Y todo por el hecho que Langberg fue detenido en México junto al guardaespaldas de Víctor Raúl Haya de la Torre, el legendario Jorge Idiáquez. Pero no lo logró. En esta nueva entrega conozcamos más de la vida de este oscuro funcionario de la Fiscalía de la Nación que con los años reproduciría esta misma conducta lombrosiana y persecutoria en el Congreso de la República, y coronaría su carrera haciéndola política de Estado en el paniaguato y el régimen toledano.

III Capítulo / “Caso Langberg”, la otra historia

Decomisó libros contables de empresas de Langberg para probar relación con el APRA

EL 2 de enero de 1980, cuando la población se recuperaba de las fiestas de Año Nuevo y el gobierno de facto del general del Ejército Francisco Morales Bermúdez entraba a su recta final, la policía decomisó, dentro de un camión Fiat que venía de Pucallpa a Lima, 475 kilos de pasta básica de cocaína, en esa época, el cargamento más grande de la historia del narcotráfico peruano. La droga se valorizó en un millón de dólares.

Con un poco de técnica “científica” la policía logró que los detenidos, Enrique Núñez Baraybar, Teodoro Garcés, Miguel Mosqueiro, Orlando Flores y Fernando Espinoza, sindiquen a Carlos Langberg Meléndez como el responsable de esta millonaria operación, el mismo que fue detenido y llevado a una comisaría. Dos años después se comprobó que el ministro del Interior, Fernando Velit Sabatini -el último de la época militar- lo sacó de la cárcel.

Langberg salió de la cárcel y se fue a México, donde en setiembre del mismo año 80, fue detenido por la posesión de 15 gramos de coca cuando estaba en compañía del líder aprista Jorge Idiáquez, legendario guardaespaldas de Víctor Raúl Haya de la Torre.

La cercanía de Langberg con las autoridades políticas de entonces fue más que notoria. Y eso fue aprovechado por Fernando Olivera Vega, cuando ya era secretario del fiscal de la Nación, doctor Gonzalo Ortiz de Zevallos, para presionar a la fiscal provincial encargada del caso, Blanca Nélida Colán Maguiño, entonces jefa del Ministerio Público con sede en Callao.

Fiel a su estilo de hueleguiso de expedientes malolientes, Olivera quería a como dé lugar involucrar a connotados representantes apristas como Fernando León de Vivero, el abogado Carlos Enrique Melgar, el referido Jorge Idiáquez y hasta al propio líder histórico del partido de Alfonso Ugarte, don Armando Villanueva del Campo.

Moralizador embrionario

La verdad es que Carlos Langberg no era militante del APRA, como quedó en claro en esa oportunidad, incluido por un comunicado partidario, sino un allegado a determinadas personalidades como el mismo Idiáquez. Pero la obsesión enfermiza de Olivera de vincular al APRA con el narcotráfico podía más. Y eso llevó al moralizador embrionario a buscar a como dé lugar el expediente en el despacho de Blanca Nélida Colán, en el Callao. Pero testigos de ocasión confirmaron a LA RAZON que esta magistrada no se dejó amilanar con las bravatas de quien sus amigos llamaban “El Muerto” por su anatomía esmirriada y su rostro pálido. Dicen que incluso regresó en más de una ocasión y lo regresó tan rápido que ni siquiera le dio opción a sustentar su interés. Por ello se la juró y no paró hasta lograr apartarla del caso aduciendo ante el fiscal Ortiz de Zevallos que Blanca Nélida Colán era madre soltera y que tenía un hijo con un alto oficial del Ejército, a quién se pretendía vincular con Langberg. Tales eran las armas que desde entonces utilizaba el personaje que nos ocupa, quien es prototipo de la casta política que domina el Perú.

Temores fundados

Un ex fiscal que participó en la indagación al “Caso Langberg” recuerda que el doctor Ortiz de Zevallos hizo apartar del caso a Colán Maguiño y nombró en su reemplazo al fiscal Miguel Espinoza Velásquez, quien también se convirtió en un hueso duro de roer para el entrometido funcionario que abusaba de la confianza del cargo para tratar de dirigir las investigaciones, sin tener un ápice de conocimiento de derecho. Solo actuaba en base al poder de ser secretario de la Fiscalía de la Nación.

En Lima entonces había mucha gente aterrorizada por Langberg por el mero hecho de temer ser involucrado nada menos que en un sonado caso de drogas. En esa oportunidad Enrique Zileri, director de “Caretas”, encontró en Fernando Olivera un aliado para la difusión del caso, a través de un judoca que se metió a periodista, Gustavo Gorriti, quien asumió el reto, luego que un colega que inició la investigación renunciara al caso tras recibir en lugar de la foto de Langberg, una calavera silueteada en negro, mensaje que fue interpretado como una amenaza de muerte macabra.

Cúpula en vilo

Uno de los fiscales que participó en la investigación del caso recuerda que Olivera, amparado en su poder de secretario del fiscal de la Nación, presionó en el Ministerio Público para que se investigue a toda la cúpula militar. Y todo porque, según argüía, el ex ministro Velit Sabatini habría participado en la liberación de Langberg.

Pero las fijaciones patológicas de Olivera desde entonces eran también desmedidas. Quería, como se dice en lenguaje pueblerino, “embarrar” a medio mundo, con tal de perseguir al APRA. Tanto es así que pretendió que en la investigación se incluya a una fiscal que tenía una relación sentimental con un alto integrante del Ejército, cuyos nombres guardamos en reserva. También a quienes editaban el diario PM de propiedad del investigado, porque lo defendía desde sus páginas. Sus objetivos desmedidos no fueron aceptados por la autoridad, pues el comando del Ministerio Público decidió darle todas las facultades al fiscal investigador para que denuncie exclusivamente a los implicados con pruebas fehacientes y no implicar a terceros que nada tenían que ver en el caso.

Dirigió allanamiento

Quienes participaron en la investigación del caso, recuerdan igualmente que un día menos pensado, Olivera se coludió con el jefe de la Policía Fiscal que aún despachaba en Orrantia para allanar el domicilio de la esposa de Langberg, Nora Cornejo, en la avenida Benavides en Miraflores, con el afán de decomisar los libros contables de sus empresas y encontrar al menos una pista que lo relacionara al APRA. Actitudes que por cierto tienen ya un cordón umbilical con lo que haría años después, cuando ya, como socio del régimen toledano, y en conmina con los procuradores, dirigieran y digitan aún el llamado “sistema anticorrupción”.

Uno de los ex compañeros de “El Muerto” recuerda que eran los tiempos en que las oficinas policiales estaban al servicio de Olivera. “Y todo porque era nada más y nada menos que el ‘chupamedias’ del fiscal de la Nación”, dijo a LA RAZON un testigo de esos años. Además, recordemos, había logrado que se tomara medidas punitivas y traslados para algunos jefes que no accedían a sus caprichos, tal como se reveló en el caso del comandante antinarcóticos de la policía de Tingo María de apellido Yupanqui, que apresara al narcotraficante Catalino Escalante en 1982.

Sin embargo, Olivera se llevó un gran fiasco porque no logró ninguna línea en los libros de las empresas de Langberg que incriminen al APRA. Y cuando le pidieron la entrega de los libros para su revisión por parte del fiscal Fernando Espinoza, nunca los entregó. Los dio por perdidos y así perjudicó la carga de la prueba, agrega la fuente que solicitó el anonimato.

A México lindo y querido

Como amante de la música criolla, Olivera tenía ciertos gustos por las rancheras y los boleros mexicanos. Solía tararear la letra de “El rey”, pues con dinero o sin dinero, siempre decía que era el rey. ¡Quién iba a pensar que la misma canción sería una de las preferidas de su enemigo jurado Alan García Pérez! Y qué mejor que el caso Langberg para viajar a México D.C y husmear –como era su costumbre preferida- en los archivos policiales la forma y circunstancias de la captura del citado personaje junto al guardaespaldas de Haya de la Torre, Jorge Idiáquez, como hemos dicho líneas atrás, en septiembre de 1980.

Convenció a su jefe Ortiz de Zevallos y tomó un vuelo directo hacia la capital mexicana con aproximadamente diez mil dólares de viáticos, que de vuelta jamás rindió cuentas. Pero, en tierras aztecas y de Pancho Villa no encontró ningún rastro del caso Langberg, pues cuando llegó, los amigos de lo ajeno se habían robado el atestado policial de la misma estación policial. Solo le quedó morderse los labios y visitar, por las noches, la Plaza Garibaldi para al menos cantar con los charros, aquella mítica canción de José Alfredo Jiménez y Dolores Hidalgo Guanajuato: Con dinero y sin dinero/ Hago siempre lo que yo quiero/Y mi palabra es la ley/No tengo trono ni reina/ Ni nadie quien me comprenda/Pero sigo siendo el rey...

Si Alan García lo viera visto cantar...

El acoso, su otra actividad

La obsesión de Olivera por incriminar a la dirigencia aprista con el narcotráfico, vía el caso Langberg, lo llevó a perseguir a su víctima hasta su propio centro de detención en la carceleta del hospital Carrión del Callao, donde estaba internado por una afección cardiaca, y, como hemos dicho en otra oportunidad, hasta el propio penal “El Sexto” de la avenida Alfonso Ugarte, donde ahora funciona la Policía de Tránsito .

Tal era su obnubilación que dicen que hasta le volteaba la cama en busca de drogas o de documentos tramitados o recibidos por el detenido, sin lograr su empresa. Dejó de presionarlo cuando lo denunciaron por persecución.

Fernando Olivera, que todavía no era “Popy”, también le puso la puntería a las propiedades del general Velit Sabatini, como hemos señalado, ligado a Langberg, así como a las empresas que por negocios se vinculaban a dicho personaje.

Así, por ejemplo, sin que fuera invitado a Santa Rosa de Quives para que observara un allanamiento por parte de los fiscales Martín Mora y Manuel Balarezo de la casa de campo del general Velit Sabatini, él se apareció sorpresivamente en el lugar de la diligencia. Y como lo dejaron participar, hizo un acta separada en la que firmaron los policías de la Comisaría de Yanas, como se aprecia en un documento adjunto.

Aquí comprobó que la empresa Hidráulica S.A. había instalado las bombas de agua a la piscina de la casa del general Velit y no acabó hasta allanar el inmueble de dicha compañía, otra vez con la policía fiscal y llevarse los libros, sin tener ninguna competencia para tal pillaje, siempre en ese afán morboso de encontrar alguna pista contra el APRA. Pero se fue de bruces. Y como en el caso de Nora Cornejo, tampoco devolvió los libros.

Así, Olivera fracasó en su intento de comprometer a la dirigencia aprista, a la cúpula militar y a la propia Fiscalía en el famoso caso Langberg, quien en 1984 fue condenado a 14 años de cárcel, pero luego su pena sería reducida a la mitad.

Nadie en su sano juicio se solidariza con el delito. Pero menos con las conductas lombrosianas que utilizan los casos de tipo penal para perseguir y/o incriminar a sus enemigos políticos, como se vio en la conducta de Fernando Olivera en el caso Langberg. Figuras legendarias de aprismo con las que se puede discrepar pero jamás censurar ni menos perseguir, como son Jorge Idiáquez, o el mismo Armando Villanueva del Campo, o el general Velit Sabatini, eran presas de sus odios políticos que de verdad lindaban con la patología. Con mayor razón si esa conducta de tabla rasa venía de un funcionario público que estaba haciendo sus pinitos en el Ministerio Público para después reproducir su conducta lombrosiana, en versión corregida y aumentada, cuando llegó al Congreso, siendo ya “Popy”, y finalmente elevarlo a la categoría de política de Estado desde el gobierno de transición y continuarlo con asquerosa frialdad en el gobierno de Alejandro Toledo.

Cortesia: Frank Castanon

E-mail: Balconandino@yahoo.com

 

 
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